Bienvenidos a la historia de "La bruja de la quebrada".






Tendría yo unos dieciocho años de edad, cuando vivía en el sector de Aruza, en las selvas de Darién (1987). Era invierno, y decidí salir de cacería alrededor de las nueve de la mañana. Caía una ligera llovizna, y caminaba por la ribera de la quebrada la lajosa a manera de sendero, en búsqueda de alguna presa; para las once llegué a una cascada de quizá veinte metros de altura, cuya caída de agua hacia un ruido ensordecedor audible a uno quinientos metros de distancia y que por cierto me tomé mi tiempo en escalar. Al llegar a la parte superior pude ver un enorme árbol de espavé que recientemente había caído, producto de algún vendaval o raíces podridas, que atravesaba la quebrada de orilla a orilla; pero detrás del árbol un venado corzo, comía alegremente semillas de cornezuelo (así se le llama a la semilla del espavé).

Puse mi escopeta calibre veinte de un solo cartucho en ristre, y apunté al desprevenido animal… disparé, le vi caer y revolverse en el suelo con desespero; saqué mi cuchillo de monte para rematarlo degollándolo, pero al llegar al árbol y trepar el tronco para pasar al otro lado, solo pude ver al animal brincar hacia el follaje del bosque.

imagen de un ciervo en el bosque

Enfundé mi cuchillo y recargué la escopeta, vi rastro de sangre y corrí tras el venado herido; en su fuga este derrapó hacia la margen izquierda de la quebrada en sentido hacia aguas abajo. Escuchaba el tropel, que llevaba el animal en su huida, rompiendo monte y yo le seguía corriendo lo más que daban mis piernas. De pronto hice un alto, había más sangre en las hojas del suelo y se veía el terreno removido; “está cerca” pensé y empecé a mirar con detenimiento mi alrededor… fue en ese momento que me percaté que ya no escuchaba la cascada de la quebrada, me apoyé en las raíces de un enorme cuipo y tomé un trago de agua. Debo retornar por el mismo lugar que vine mientras el rastro aún está fresco, perderse en la montaña es fácil, me dije a mi mismo, pero… “¿cómo es posible que no escuche las aguas caer? No me he alejado tanto”.  

Encendí un cigarro y olvidando por completo el venado, regresé sobre mis pasos, podía ver mis pisadas y ramas que había roto al bajar el cerro en persecución del animal, pero por más que caminaba, no lograba escuchar la caída del agua.

Para las dos de la tarde me sentía un poco preocupado y me consideraba un “estúpido” por no haber sido más precavido al marcar el camino; sin embargo, estaba seguro qué, no me había alejado más de quinientos metros de la margen de la quebrada, por lo que en teoría debería de estar escuchando el estruendo del agua en la cascada, todo este razonamiento era en vano, caminaba y caminaba, loma arriba, loma abajo y llegaba al mismo lugar. 

El cielo se nubló y empezó un aguacero de esos que las gotas te golpean al caer y te hacen pensar en Noé y familia; me arrimé a las bambas (enormes raíces) de un cedro espino y me puse en cuclillas, a esperar que amainara, saqué mi poncho de la mochila donde solía tener siempre café, sal, harina y fósforos por cualquier eventualidad en la montaña. La experiencia me decía que mi rastro se iba a perder totalmente y no quedaría una sola huella visible. Pensé que, si descendía por la depresión de los cerros, tendría que llegar al cauce de la quebrada tarde o temprano; pronto el agua empezó a pasar a torrentes entre mis botas y el frio se hizo presente, un relámpago fulminó una palma de guagara a unos cien metros de distancia y pensé “ahora si estoy jodido”.

relámpago ilumina el firmamento

Con esfuerzo encendí un cigarro usando mi poncho y toda la maña que pude, mientras fumaba me percaté que me encontraba realmente en el fondo de la depresión que formaban los cerros; es decir que ya había descendido y por ende la quebrada no debería estar lejos. Poco a poco la lluvia fue cesando hasta que finalmente dejó de caer, miré el reloj y ya eran las cuatro de la tarde; eso me crispó los nervios pues en la montaña anochece temprano y no tenía realmente ganas de dormir en el suelo húmedo y frio, ese día.

Presté atención al entorno… todo era montaña y silencio, ni rastros de la quebrada y mucho menos el ruido inconfundible de la cascada, absolutamente nada; decidí acabar con esa situación de inmediato así que, cerrando los ojos, grité a todo pulmón en medio de la jungla ¡JESÚS AYÚDAME!

Al abrir los ojos ante mi exactamente, y textualmente ante mis ojos; estaba la cascada de agua de la quebrada la lajosa, con su ensordecedor ruido y yo me encontraba de pie a un metro de su rivera. ¡Maldita bruja dije! Ya me lo imaginaba. Y si amigos y amigas, una bruja me tenía perdido y bajo alguna especie de ilusión óptica o mejor dicho bloqueo óptico y audible debería decir, pues hasta antes de clamar por ayuda divina, yo no podía ver ni escuchar lo que estaba ante mí.

imagen de una cascada de un arroyo
Siempre he pensado que el venado que herí podría haber sido esa bruja, pues no sería de extrañar, ¿saben? Mi abuelo cazó una bruja en esa forma por los años cuarenta, él le disparó a un venado que comía guayabas, en las llanuras de Sortová y que se escapó herido; siguió el rastro hasta la propiedad de una señora que falleció tres días más tarde y cuya familia no permitió que nadie viera, ni siquiera el párroco.

Bueno… ya están al corriente y avisados, si algún día les toca vivir algo similar… pue ya saben que tiene que hacer… invoquen el nombre de Jesús, eso es bíblico no lo inventé yo.

Fin. 

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